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Carátula del libro “Los protocolos de los sabios de Sión”
Como dije, ayer tuve un divertido (yo lo tomé así, al menos) intercambio de correos sobre la cuestión de los nativos y el affaire de los decretos supremos 1015 y 1073. Interesante intercambio porque se plantearon dos líneas (yo prefiero usar el más abierto, “dos posiciones”):
Una, planteaba (plantea) que los nativos son (casi) naturalmente buenos y que su reciente postura contra los decretos supremos antes mencionados ha sido producto de la intervención de ciertos expertos y ciertas ONG’s. Recurre esta posición a una teoría conspiratoria. Umberto Eco, en un artículo que me gusta citar bastante (hasta el cansancio), lo plantea del siguiente modo:
La psicología del complot surge del hecho de que las explicaciones más evidentes de muchos hechos preocupantes no nos satisfacen, y a menudo no nos satisfacen porque nos duele aceptarlas. Pensemos en la teoría del Gran Viejo tras el secuestro de Aldo Moro: ¿cómo es posible –nos preguntábamos– que un grupo de jóvenes que rondan los treinta años hayan podido concebir una acción tan perfecta? Deben tener detrás un cerebro más refinado. (La filosofía del complot).
Del mismo modo, cierto sector de periodistas (algunos con altos índices de credibilidad) afirman que es imposible que un grupo de nativos protesten contra algo que ni siquiera conocen bien y que debe haber más de un cerebro urbano y rojo detrás. En ciertos casos se trata de una patinada (*), en otros casos de una serie de opiniones ya sistemáticas, que ven detrás de todas las olas de protesta del país una suerte de conspiración comunista.
Apelar a la teoría de la conspiración para explicar lo sucedido en la selva peruana es, a mi gusto, irresponsable, porque alimenta una seria de sentidos comunes y clichés que terminan en la justificación de actitudes persecutorias dentro del gobierno. Ocurrió varias veces en la historia, como con los clásicos “Protocolos de los sabios de Sión”, que hablaban de una conspiración judía por dominar el mundo, y que sirvió de justificación para los distintos abusos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial. Esta posición ha sido asumida reciéntemente por políticos como Lyndon Larouche.
La segunda posición, sostiene que el problema de fondo no es ni la supuesta manipulación de las ONG’s, ni la participación de cerebros refinados en las jornadas de protesta, sino simplemente reclaman inclusión (¿no fue ese el discurso de uno de los últimos CADEs? ya no me acuerdo bien), e inclusión entendida como una educación y salud públicas dignas, acceso a justicia (frente al abuso de los colonos y extractores informales), etc. Carlos Iván Degregori va en el mismo sentido en su artículo “¡Piruanos! ¡Carajo!”, publicado en Perú21.
Todo lo demás, que si la territorialidad, que si las comunidades fueron invento de Velasco es secundario, y más bien expresa un conjunto de estrategias de estos grupos subalternos por conseguir ciertos derechos, históricamente negados. En otras palabras, ni tontos que fueran, los pueblos nativos de la Amazonía van a aprovechar lo que esté a su alcance para exigir lo que consideran justo. Visto de ese modo, salimos de la teorías conspiratorias, que en el contexto actual, son francamente irresponansables.
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(*) Patinar. Lo entiendo como la RAE: “Perder la buena dirección o la eficacia en lo que se está haciendo o diciendo.” Es aceptar que hay una buena chamba, que se hacen las cosas bien, pero en cierto momento no, se pierde el rumbo. Es un estado no permanante, sino, coyuntural, del momento.


