
(Seppuku para hombres, Jigai para mujeres. Harakiri es la palabra coloquial para referirse al suicidio ritual en Japón)
Apunta ahora Augusto Álvarez Rodrich que:
“El paro cusqueño siguió produciendo estragos ayer, con un resultado muy negativo pero que debe ser interpretado con cuidado especialmente desde Lima, donde se suelen simplificar los problemas regionales, y se los explica muchas veces por el ‘choleo’ racista y lamentable.” (perú21, hoy).
Claro, pero el día anterior, el mismo AAR, bajo el exotista título “Harakiri Cusqueño”, escribió que:
“La imagen de la turista alemana que, luego de pegarse tremendo viaje hasta Cusco, no pudo disfrutar la ciudad por el paro, y que ahora anuncia que cuando regrese a su país le dirá a todos los que quieran oírla que nunca vengan por esta tierra sabrosona y caprichosa, debería ser un incentivo suficiente para que los cusqueños se den cuenta, por fin, de que se están haciendo el harakiri al insistir en una paralización absurda que va a matar a la gallina de los huevos de oro.” (perú21, ayer)
Como bien apunta Rosa María Palacios, parte del problema aquí es que las distintas lecturas del paro cusqueño caen en ver la irracionalidad de sus actores y no buscar las causas y motivos lógicos que los mueven:
La ley reserva para la gran inversión privada (hoteles de cinco estrellas y restaurantes de cuatro tenedores) y, probablemente, extranjera (por los capitales de los que debe disponer) zonas contiguas a monumentos que hoy se encuentran invadidas de pequeños comerciantes que venden artesanías, así como de hoteles de bajo presupuesto. Estos (que son miles) van a tener que competir con la gran inversión o, peor aún, corren el riesgo de ser desalojados en el ánimo de formalizar estas zonas, sujetos al futuro arbitrio (léase coima) del INC o del gobierno regional. (RMP, hoy).
Leyes no inclusivas y que promueven este modelo de la “receta para acabar con el perro del hortelano”, donde solamente la gran propiedad salvará al país. Donde los campesinos y pequeños agricultores no tienen otra que vender o ceder sus tierras frente a la gran propiedad. Entonces, con justicia protestan. No por el socialismo del siglo XXI o para que Fidel no se vaya nunca de Cuba, sino para entrar, para capacitarse mejor, para tener mejores condiciones y entrar a competir.
Y encima les dicen suicidas, locos, irracionales, manipulados.
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